Uno de los grandes misterios de mi vida es
por qué decidí ser economista,
siendo que en general no me gusta para nada la economía. Pero cada vez
que leo cosas sobre “Economía del comportamiento” me doy cuenta qué fue
lo que me atrajo. En particular, me pasó mucho eso al leer el libro
“Freakonomics” y su secuela,
“SuperFreakonomics”.

Leyendo este último supe de un experimento fascinante que hizo un economista de la Universidad de Yale: investigar
qué
sucede si introducimos el uso de dinero en monos. Los resultados son
sorprendentes y las potenciales conclusiones muy profundas.
Adam
Smith creía que la capacidad de usar dinero e intercambiar eran
características solamente humanas. Alguna vez escribió: “Nobody ever saw
a dog make a fair and deliberate exchange of one bone for another with
another dog” (“Nunca nadie vio a un perro hacer un intento deliberado de
intercambiar un hueso por otro con otro perro”). La idea de
Keith Chen fue explorar qué sucedía si se introducía “dinero” en una colonia de monos capuchinos.
El modo en que lo hizo fue,
en vez de directamente alimentarlos, entregarles un disco similar a una moneda cambiable por diferentes tipos de alimento (por ejemplo, dos rodajas de manzana o tres uvas). Tomó algunos meses pero
los monos aprendieron a valorar estas monedas como la comida misma.
Establecido
el uso del dinero, vino la primera sorpresa. Una vez que los monos
estaban habituados al cambio de monedas por comida,
Chen modificó los precios relativos. De repente, a cambio de una recibías menos uvas y más manzanas.
¡Los monos respondieron racionalmente, aumentando proporcionalmente su demanda de aquello cuyo precio había bajado!
Pero
las similitudes con los humanos recién comenzaban… Un día, mientras los
investigadores hacían el reparto diario de monedas a cada mono,
uno de ellos los sorprendió, les arrebató la caja con todas las monedas y huyó! En ese sencillo acto, este creativo simio había inventado el “robo de bancos” y la “fuga”.
Al huir, se le cayó la mayoría al suelo y se desató una lucha entre todos en la jaula por recogerlas, muestra clara de que
entendían perfectamente el valor de las monedas.
Para recuperarlas, los científicos tuvieron que darle “coimas” a los
monos, validando a fin de cuentas la lección de que “el crimen paga”.
Pero
el más sorprendente de todos los hechos estaba aún por llegar: días
después, Chen vio a uno de los monos entregándole una moneda a otro.
Sorprendido, se preparó para documentar la
primera evidencia de conducta altruísta espontánea entre monos. Pero… Esos dos monos, unos pocos minutos después…
¡¡¡estaban teniendo sexo!!!
Después de esto, a instancias de las autoridades del laboratorio de monos,
el experimento se detuvo por la preocupación de que
el uso del dinero dañara irreparablemente su estructura social.
El capítulo de SuperFreakonomics termina diciendo (en traducción mía):
“Si los monos capuchinos fueron tan veloces en volcarse a la
prostitución, imaginate cuán rápido el mundo se hubiera llenado de monos
asesinos y monos terroristas, monos contaminadores que contribuyeran al
calentamiento global (…)”.
Como plantean Dubner y Levitt, autores del libro, más allá de lo gracioso de la anécdota, las
conclusiones son perturbadoras porque llevan a preguntarnos cuál es el
rol del dinero en las sociedades humanas. Y a pensar en qué medida
nuestros vínculos y nuestra estructura social podrían estar tan
corrompidos por el dinero como los investigadores temían que les
sucediera a los monos.
El dinero hace a las personas más malvadas y menos empáticas - Autor: pijamasurf
Psicólogos de la Universidad de California en Berkeley realizan
un experimento en el que descubren que las personas ricas tienden a ser
menos empáticas y sensibles hacia los problemas de los demás,
volviéndolas desagradables o francamente malas.
Aun
cuando, a su manera, el dinero es una de las invenciones más
sorprendentes del ingenio humano, sobre todo si tomamos en cuenta el
nivel simbólico y de abstracción que lleva consigo, paralelamente tiene
una de las reputaciones más siniestras que podrían adjudicarse a un
elemento de nuestra realidad. Desde cierta perspectiva el dinero se
asocia con la maldad, el egoísmo y otros comportamientos afines que
hablan de una pobre calidad humana.

Y si bien esto podría considerarse
únicamente conseja popular, un estudio reciente de la Universidad de
California en Berkeley ha confirmado que, en efecto, el dinero puede
hacer a las personas más malvadas y menos empáticas para con sus
semejantes.
En el experimento realizado por los
psicólogos Paul Piff y Jennifer Stellar, dos estudiantes universitarios
jugaron el conocido juego del Monopoly en un cuarto cerrado pero con
videovigilancia, con la salvedad de que las reglas estaban manipuladas
de tal modo que uno de ellos tenía una clara ventaja sobre el otro.
Además, el ganador era un hombre delgado y enfundado en una playera
entallada, mientras que el inevitable perdedor era un hombre obeso y de
lentes.
Para sorpresa de los investigadores,
durante el juego el participante aventajado experimentó una increíble
evolución de su ánimo con respecto a su contrincante: mientras más
dinero ganaba, peor se portaba con el otro estudiante, burlándose de él y
calculando puntualmente su estrategia para seguir acumulando ganancias.
De acuerdo con los investigadores, estos
resultados, apoyados por otros estudios realizados al respecto,
confirman que las personas ricas son comúnmente más egoístas, menos
empáticas y menos compasivas, todo lo cual las hace también más
desagradables.
Para Paul Piff, las personas acaudaladas
tienden a privilegiar sus propios intereses, sin importar el
comportamiento que demuestren hacia el exterior persiguiendo estos
objetivos. Por su parte Jennifer Stellar asegura que la poca
sensibilidad de quienes gozan de una posición tan acomodada se explica
justamente porque en su vida no han tenido que enfrentar grandes
tribulaciones.
Dan Ariely pregunta: ¿tenemos control de nuestras decisiones?
El economista de la conducta Dan Ariely, autor de Las Trampas del Deseo,
utiliza ilusiones visuales clásicas y sus propios contraintuitivos, y a
menudo impactantes, hallazgos en investigación para mostrarnos cómo no
somos tan racionales como creemos al tomar decisiones.
Fuente: http://www.ted.com/talks/lang/es/dan_ariely_asks_are_we_in_control_of_our_own_decisions.html
Y la frutilla del postre...
Una vez por año, en medio del desierto yanqui, se junta la gente más
variopinta para construir una ciudad en donde todo vale, menos el dinero
y la violencia. ¡Ah, qué belleza! Ahi va:
Postales de Burning Man
▣ Escribe Gustavo Faigenbaum
▣ Ilustra Gerry Garbulsky
Tengo
en mis manos un vaso de absenta, una bebida alcohólica de sabor similar
al anís que estuvo de moda en Francia a finales del siglo
XIX y principios del
XX.
La absenta fue especialmente popular entre quienes militaban en el
movimiento surrealista, quizás a causa de los efectos alucinógenos que
provoca cuando se consume en exceso. La bebida está prohibida en Estados
Unidos; sin embargo es allí donde me encuentro: en un bar de la ciudad
de Black Rock, ubicada en el medio del desierto del mismo nombre, al
norte del estado de Nevada.

El precario bar está construido con
cañas, tablones de madera y papel; el piso es de arena. Solamente se
sirve absenta casera fabricada por los responsables del establecimiento,
nada más. El líquido que llena mi vaso es de un color lila claro, que
no guarda relación con el supuesto sabor albahaca que declaró la moza.
El menú, escrito en una pizarra, incluye otras coloridas opciones:
durazno, kiwi, leche, sandía, perejil y apio.
Hay mucha gente y la
conversación es animada. Acabo de terminar de discutir sobre Hegel con
un chico que va al college en California. Cuando entran clientes, la
moza pregunta “are you thirsty?” y llena los recipientes sin esperar
respuesta. Muchos parroquianos traen sus propios vasos y jarritos; otros
usan las pequeñas copas de vidrio que ofrece el bar. La absenta se
regala a todo aquel que cruza la puerta, ya que en esta ciudad de diseño
circular y cuarenta mil habitantes fundada hace tres días no se admite
el uso de dinero, sino que impera una economía del don: los bienes y
servicios circulan gratuita y generosamente. Django Reinhart suena en
los parlantes. El bar queda en la intersección de las calles Anxious y
7:30.
Ahora estoy hablando copa en mano con una hermosa mujer
norteamericana, pecosa, morocha y de pelo lacio, vestida con un atuendo
del siglo
XVIII. Tras enterarse de que vengo
de Argentina, me cuenta que es sobrina del almirante Massera. El trago
se me sube a la cabeza y le digo algo así como: si los torturadores
cayeran desde un helicóptero en un mar de absenta, antes de ahogarse
podrían unir sus lenguas bífidas en una gran ronda eléctrica, entrar en
fase y enterarse de que sus cuerpos son banderines de papel. Ella tira
mi vaso al piso, me abraza y me besa. Cierro los ojos durante ese beso
largo y húmedo, y entiendo que me besa para mostrarme que el mar de
absenta está en su boca, y me entretengo nadando un rato entre la
marejada. Afuera es de noche, es el desierto, y hay una tormenta de
polvo seco y negro, y yo soy un extranjero, pero adentro todo es cálido y
húmedo. Me parece bien que me abracen; me están consolando de una
tristeza que no sé de dónde viene.

En
1986, un grupo de amigos se reunió en Baker Beach, San Francisco, para
tallar en madera una escultura de un hombre de casi dos metros y medio
de altura; una vez completada la obra, la quemaron. Los muchachos la
pasaron bomba y decidieron repetir el evento todos los años. Con cada
nuevo encuentro fue creciendo el número de asistentes así como la altura
del hombre de madera, que en 1990 llegó a los doce metros. Ese año, la
fiesta adoptó oficialmente el nombre de “Burning Man”, se trasladó al
desierto de Black Rock, en el estado de Nevada y asistieron unas cien
personas.
La Sociedad de la Cacofonía, integrada por artistas e
intelectuales de San Francisco, ayudó a publicitar el evento, que
también empezó a difundirse de boca en boca y a través de la incipiente
internet. En 1995 asistieron cuatro mil personas y en 2010, llegaron a
cincuenta mil. Ese año, el hombre de madera tuvo treinta y dos metros de
altura.
Y así es que cada doce meses y durante una semana, una
multitud se da cita en el desierto de Black Rock con el objeto de
edificar una urbe consagrada a diez principios fundamentales:
1. Inclusión: todos pueden participar.
2.
Economía del don: los participantes de Burning Man se dedican a regalar
generosamente lo que tienen a los demás sin esperar nada a cambio.
3.
Desmercantilización: el evento no tiene patrocinadores y no se admite
publicidad. Si llevás una remera que tiene un loguito de Nike, te piden
que lo cubras.
4. Supervivencia: aguantar una semana en el
desierto no es fácil. Hay que tener algo de esta-do físico y poder
prescindir de unas cuantas comodidades.
5. Auto-expresión radical:
cada uno muestra a los demás las cosas que le gustan y sabe hacer. Así,
mientras uno recorre las calles de Black Rock City es invitado a
presenciar shows de magia, recitales de poesía y conciertos de piano.
También puede recibir clases de matemática avanzada o de capoeira, y
disfrutar de un buen masaje o de un enema de café (en este último caso
se solicita al beneficiario traer su propio equipo “enemático”, por una
cuestión de higiene).
6. Esfuerzo colectivo: en Burning Man cada
uno está colgado de su propia palmera, pero todos ponen su granito de
arena para cuidar la fiesta. En cada campamento, la gente se pone de
acuerdo para cocinar y para lavar los platos; si hay un escultor que
necesita ayuda para completar su obra no faltan manos que colaboran;
siempre aparecen los voluntarios cuando hay que limpiar un campamento o
levantar una estructura.
7. Responsabilidad cívica: ilustramos
este punto mencionando que todos cuidan los baños químicos para que
puedan ser usados durante los siete días de la fiesta. Nadie tira basura
al piso. No hay robos ni violencia. Esto contradice el sentido común de
cualquier periodista de telediario, ya que el público consume alcohol y
drogas, y hay pocos agentes del orden. Burning Man es un prodigio de
amor, buena onda y tolerancia.
8. No dejar rastros (
leave no trace):
de un modo obsesivo y fanático se apunta a que, cuando se desarme la
última carpa, el desierto quede exactamente igual que antes del
festival. Ni un papelito volando por ahí, ni una mínima mancha de aceite
en el piso.
9. Participación: no vale ser espectador, hay que jugarse y meterse en las actividades.
10.
Inmediatez: para vivirla hay que estar. Estar en el medio de una
serpiente de metal gigante que arroja fuego por la boca; estar en una
marcha a favor de los conejos (
bunny power) o en una reconstrucción exacta de una batalla de
La Guerra de las Galaxias.
Entonces,
¿qué es Burning Man? Quienes hemos estado ahí sabemos que no es fácil
explicar de qué se trata todo esto. Hay tantas versiones de esta fiesta
como
burners o visitantes.
La
ciudad tiene un diseño circular con avenidas concéntricas. Hay
distintos barrios, y dentro de ellos cientos de campamentos organizados
por afinidades temáticas. Uno de mis favoritos es el “Barbie Death Camp
& Wine Bistro”, un campamento que funciona también como campo de
exterminio de barbies. Las muñecas están por todos lados, mutiladas,
sangrantes, ahorcadas, colgando todavía de las sogas. Como asistí al
festival con mi esposa y mi hija de dos años y medio, levantamos nuestra
carpa en Kids Ville, el barrio donde paran las familias con chicos.
Allí me hice amigo de algunos personajes interesantes: David, un exitoso
ingeniero de software en Oracle, que a los cuarenta años decidió que en
realidad le interesaba el Derecho y largó todo para estudiar abogacía.
Llevó a Burning Man unos tubos de gas de dentista para compartir; Rita,
una cantante de ópera que nos deleitó con su interpretación de
Tannhäuser,
de Wagner; Nick, psiquiatra de San Francisco que practica terapias con
drogas psicodélicas, quien también se mostró generoso a la hora de
convidar a sus vecinos algunos cócteles especialmente diseñados para el
festival; Laura, una lesbiana algo excedida de peso, que vino con su
pareja y sus hijas. Solía pasearse desnuda por el campamento, con su
cuerpo totalmente pintado de violeta. Su carpa era una especie de jardín
de infantes, organizaba juegos y les contaba cuentos a los chicos de
los vecinos; Rob, que se subía al capó de su camioneta para declamar
poesía sufí, desnudo, y regalaba porciones de arroz con mango a quienes
pasaban por su lado; y John, escritor de guiones de películas para
Hollywood. Ya vendió cinco, pero los estudios solo compran el derecho de
filmarlas, para luego decidir si se embarcan en el proyecto. Hasta
ahora, ninguna de sus películas ha visto la luz. A mí me parece el
trabajo ideal, sin embargo él se siente frustrado con la perspectiva de
que su público esté compuesto exclusivamente por los miembros del
board de Universal o Miramax.
En
la mitad del Kids Ville había una gran cama elástica redonda, rodeada
de tules y disfraces para los pibes, que mi hija gastó durante horas. A
mi mujer y a mí nos hacía mucha gracia la normalidad con la que nuestra
hija se tomaba todo ese universo delirante. Después de todo, la gente
era cordial y las otras nenas la invitaban a jugar. Las personas
desnudas o las esculturas gigantes no le llamaban la atención, pero de
pronto podía detenerse fascinada frente a una señora con un vestido de
lentejuelas, que sí ameritaba un “
wow!” de su parte.
En
las comedias románticas gringas, cuando el galán se va con otra, la
chica aguanta la depresión clavándose medio kilo de helado mientras
llora y ve películas viejas en la tele. El helado siempre es de la
afamada marca Ben & Jerry’s. Ben y Jerry son los fundadores de la
fábrica, unos señores que comenzaron a vender helados en 1977 luego de
haber aprendido el oficio a través de un curso por correspondencia.
Ellos han sido empresarios muy exitosos a la vez que hippies
impenitentes, y siempre se han situado a la izquierda del espectro
ideológico yanqui; son dueños de un imperio y militantes progres que
sistemáticamente pusieron a diversas causas sociales y ambientales por
encima de sus negocios.

Un día de mucho calor en el desierto de
Black Rock se corrió la voz de que en Central Camp alguien estaba
regalando helado. Fuimos de inmediato. Seis personas habían venido con
un par de vans, habían puesto unos tachos de helado sobre tablones, y
estaban convidando cucuruchos a la multitud. No eran patrocinadores, no
estaban haciendo marketing, no había nada que delatara la marca del
helado. Repartieron doce mil bochas; la mía fue de chocolate. Después me
contaron que el viejo gordito que me sirvió mi cucurucho era Ben.
En
Burning Man un día te levantás y consultás las actividades programadas
en una guía enorme que te dieron al registrarte. También revisás la
Black Rock Gazette,
un diario que se edita durante los siete días del festival. Hay miles
de opciones; marcás con un lápiz los eventos que llaman tu atención.
Seleccionás un par para la mañana, otros tres para la tarde. Desayunás y
empezás a caminar por la ciudad. No importa lo que hayas programado:
por suerte, no vas a llegar a destino. Algo más interesante que los
eventos elegidos va a desviar tu atención.
A la noche, después de
haber conocido mucha gente y haber estado metido en muchas situaciones
extrañas, te sentás en un sillón rojo bien acolchadito. Corre una brisa
fresca del desierto. Enfrente tuyo hay una escultura gigante de un
corazón. En el pecho te pusieron un micrófono que amplifica los sonidos
de tus latidos. El equipo posee unos bajos de puta madre; el bombeo
resuena como los pasos de un gigante atravesando un corredor vacío, o
como los martillazos de Víctor en
El hombre de al lado. Los
latidos también activan un sistema de antorchas que reciben cargas de
combustible, en sincronía con tus latidos y con otro mecanismo que hace
vibrar tu sillón. Estás dentro de tu propio corazón. Lo percibís a
través del oído, la vista (las luces de las antorchas), y el tacto (la
vibración del sillón, el calor del fuego).
No querés irte a dormir
todavía, así que te trasladás a otro sector de la ciudad en algún
vehículo mutante, diseñado por algún grupo de artistas plásticos, porque
sí. Por ejemplo, te tomás el barco pirata que recorre el desierto sobre
ruedas, impulsado principalmente por el viento que pega en sus velas. O
quizás te invitan a pasear en un autito eléctrico de chasis redondo,
camuflado de torta de chocolate, o en un camión que parece salido de una
escena de
Blade Runner y lleva a cincuenta personas bailando adentro.
Llegás
a una de las tantas discos construidas para durar una semana; todas
serán desarmadas o destruidas luego del evento. Estás invitado a todas;
en ninguna cobran entrada; en todas alguien te convida un trago.
Flasheás con una que tiene música japonesa y rayos láser. La gente
despilfarra sus fortunas personales en construir esos boliches
fantásticos en la mitad del desierto, solo porque son hermosos, solo
para celebrar.
O, quizás, decidís visitar una vez más tu bar favorito, en el que solo se sirve absenta.
El
cuarto día del festival nos tocaba a los habitantes de Kids Ville
ofrecer un espectáculo en el escenario central. Por suerte no había
mucha gente mirando. Yo me había ofrecido a cantar un tema de Wilco; lo
había practicado el último par de días con una guitarra prestada. Pero
no estaba convencido de lo que iba a hacer, y tenía miedo de desafinar.
Una nena de unos diez años, de la única familia negra de Kids Ville,
abrió nuestro segmento y nos hizo quedar más que bien: se calzó la
guitarra y tocó el blues “Stray Cat Strutt”, de los Stray Cats. La
descosió y fue ovacionada. Después arrancó con
Here, uno de mis temas favoritos de Pavement, que empieza diciendo (traduzco):
“Estaba
vestido para triunfar / pero el éxito nunca llega. / Y soy el único que
se ríe / de tus chistes, cuando son malos. / Y tus chistes son siempre
malos. / Pero no tan malos como esto. / Vení, unite a esta plegaria. /
Estaremos esperándote donde todo termina: acá. / Gastemos los últimos
veinticinco centavos al azar. / Bajemos al outlet una vez más”.
La
canción presagiaba mi fracaso, revelaba que yo estaba vestido para
triunfar pero iba a hacer un mal chiste, un papelón. No iba a cantar el
tema de Wilco. Me metí la mano en el bolsillo. Allí encontré una lista
de compras para Burning Man, manuscrita en un papel del trabajo. Del
otro lado estaba impreso un listado de localidades de la provincia de
Buenos Aires. Eran todas femeninas y de pronto me parecieron hermosas.
Cuando me llamaron al escenario rechacé la guitarra y declamé lo
siguiente:
“La Amistad, La Amorilla, La Angelita, La Armonía, La
Aurora, La Azotea, La Azotea Grande, La Azucena, La Barquita, La
Barrancosa, La Beba, La Bicha, La Blanca, La Bolsa, La Brava, La
Calabria, La California Argentina, La Campana (Saladillo), La Carlota,
La Carreta, La Catalina, La Cautiva, La Central, La Colmena, La Colorada
Chica, La Colorada (Azul) —acá me tenté pero me mordí los labios y
seguí—, La Constancia, La Copeta, La Cotorra, La Dorita, La Dulce —a
esta le puse énfasis—, La Emilia —acá me aburrí del orden alfabético y
salteé algunas hasta llegar a otras que me gustaban especialmente—, La
Fortuna, La Gloria, La Gracielita, La Herminia, La Lucila, La Lucila del
Mar, La Negra, La Nélida, La Nevada, La Nueva Hermosura, La Pochola, La
Querencia, La Rabia, La Razón, La Reja, La Yesca, Las Cuatro Hermanas,
Las Cuatro Puertas”.
Me detuve. Hubo algunos tímidos aplausos. Me
bajé del escenario sintiendo que había salvado mi dignidad. Todavía
guardo ese papel.
La mugre (sudor y polvo) se acumulaba sobre mi
piel, que empezaba a picarme. Tenía que bañarme, y el agua de nuestro
campamento no alcanzaba. Junté coraje y fui al “Human Carcass Wash”. El
mecanismo era el siguiente: primero te sacabas la ropa (toda) y la
dejabas en un piloncito. Después te ubicabas en una de las dos filas
paralelas formadas por los “lavadores” (de ambos sexos y de todas las
edades). Por el pasillito que quedaba en el medio iban avanzando
lentamente los “lavados”. A los lavadores nos tocaba primero enjuagar
con mangueras y regaderas a los lavados, que estaban ya egresando del
mecanismo. Al rato ascendíamos un puesto (avanzábamos en la fila, en mi
caso hacia la derecha) y nos daban jabones y esponjas para que laváramos
pies y piernas; luego lavábamos caderas, ingles y torsos, finalmente
lavábamos brazos y cabezas. Así llegábamos al final de la fila de
lavadores y, cumplido nuestro deber, íbamos ingresando de a uno en la
fila central, la de los lavados. El orden se invertía: ahora nos lavaban
a nosotros la cabeza y comenzábamos a avanzar posiciones en sentido
contrario, mientras el jabón descendía por el cuerpo, hasta ser
eyectados, limpitos y perfumados.
La experiencia resultó
increíblemente natural. No se cumplieron ninguna de las fantasías: ni
excitación, ni asco, ni vergüenza. Salí relajado, impecable.
Había
escuchado hablar de Burning Man en 2001 y desde entonces deseaba ir. Yo
siempre fui entusiasta de los proyectos utópicos. De chico diseñaba
ciudades ideales (¡que también eran circulares!). De un lado de la hoja
hacía el plano y del otro anotaba las leyes que regirían la polis.
Durante otra etapa de mi vida me dediqué a crear un país perfecto que
planeaba instaurar en la Península de Valdés. Aún guardo planos
detallados de esa quimera.
A los diecisiete años pude vivir un mes en un
kibbutz
y ser testigo de un experimento socialista en pequeña escala y del
ejercicio de la democracia directa. También me hice fanático del
videojuego Simcity ya en su primera versión, creando metrópolis con
grandes espacios verdes, y con zonas comerciales, industriales y
residenciales bien distribuidas. A medida que aprendía los trucos del
juego subía mi índice de popularidad. Una vez casi pierdo un vuelo New
York-Buenos Aires por no abandonar un partido.
Y, finalmente, me
atrapó la filosofía: la República de Platón, el Estado de Hegel, el
marxismo, lecturas que ayudaban en mis balbucientes intentos por
encontrar la fórmula de la sociedad perfecta. Como además me gusta ver
minas en tetas, no podía ser indiferente a una propuesta como Burning
Man.
Desconfío
de los estereotipos con que los argentinos solemos desvalorizarnos. No
creo que seamos los campeones de la chantada, ni los únicos que gritan o
que no respetan las normas de tránsito.
Una tarde nos detuvimos
con mi mujer y mi hija para sacarnos unas fotos frente a unas esculturas
sorprendentes, una especie de animales fantásticos y multicolores. Y
entonces nos habló una persona que había reconocido nuestro acento: “
Papá,
correte un cacho, que acá estábamos nosotros primero sacando fotos, y
me las estás arruinando”. No pude evitar responder con la misma retórica
mediocre: “Bueno,
hermano... mirá que es grande el desierto, eh,
¿por qué no sacás la foto apuntando para otro lado?”. “Nananá”, me
respondió. “Acá estábamos nosotros primero y ustedes pueden sacarse sus
fotos cuando terminemos nosotros, ¿ok?”.
El conflicto no pasó a
mayores pero me amargó un poco la semana constatar que la única
interacción patotera, canchera y amarreta hubiera sido con un
compatriota.
Mientras
uno se prepara para Burning Man debe conseguir equipo de camping y
mascarillas que hagan tolerables las tormentas de polvo volcánico del
desierto, comida y agua para una semana, ropa apropiada para los
cuarenta grados del mediodía y las temperaturas bajo cero de la noche,
linterna, bicicleta y un medio de transporte hasta Black Rock City (que
está en el medio de la nada, a tres horas en auto desde la deprimente
ciudad de Reno, una copia trucha de la ya trucha Las Vegas). Pero
también hay que involucrarse con un campamento o una tribu, preparar el
personaje y elegir los regalos que uno va a llevar. Porque nadie llega
con las manos vacías. En nuestro caso, armamos unos simpáticos
“mate-sets” con una calabacita, bombilla, medio kilo de yerba y un
manualcito en inglés sobre cómo tomar mate. Llevamos treinta y cinco.

Todo
se regala. Los seminarios, los tragos, las fiestas, los shows, la
comida. Todo es gratis. En Burning Man, uno da lo que tiene y recibe de
otros; uno es lo que ofrece. Cuanto mayor es el desprendimiento con el
que damos, más fuertes son las reacciones emocionales que generamos en
los demás. Es el
potlatch. Mi hija lo entendió rápidamente y aprendió a pedir golosinas (
candy!)
a cada persona que conocíamos. Recibió demasiadas. Una chica que no
tenía caramelos que donar le fabricó la caña de pescar: un cartelito que
decía “My name is Lola and I want candy” y que mi hija se colgó del
cuello. Los resultados fueron óptimos.
Alguna vez leí que Black
Rock City tiene las mismas cosas que cualquier otra ciudad (museos,
boliches, estudios de yoga), apenas con un par de diferencias: está en
el medio del desierto, no se usa dinero y rebosa de creatividad. Burning
Man es una versión posible del paraíso que misteriosamente funciona.
Pero no nos equivoquemos: la economía del regalo que el festival
instaura no es el futuro, no es la superación del capitalismo. Tampoco
es el retorno nostálgico a un supuesto pasado de inocencia. La
propuesta, en mi opinión, consiste en tomarnos vacaciones de la sociedad
real (a la que los
burners llaman “the default world”). Apenas
llegás a Black Rock City descubrís que no hay patovicas en la puerta,
sino unos voluntarios muy simpáticos que te piden la entrada y te dan la
bienvenida y un abrazo. A partir de ese momento, tu estadía en Burning
Man es como un tratamiento de desintoxicación: te vas liberando de a
poco del tic de sospechar “¿qué me quieren sacar?” ante cada gesto
amistoso, te vas sumergiendo en el disfrute del intercambio de objetos,
gestos y abrazos, del contacto y el reconocimiento. Empezás a tener
ganas de dar lo mejor de vos.
Burning Man te transforma. Hay mucha
gente que toma decisiones radicales en ese contexto: cambiar de
carrera, de pareja, de país, de forma de vida. La experiencia es
liberadora porque cuestiona nuestros hábitos, el modo en que nos
acostumbramos a vivir, y a la vez nos revela nuevas posibilidades. Si
alguien pudo construir el bellísimo templo gigante por el que estás
caminando, totalmente hecho con teclados de computadoras obsoletas y
diskettes, por el solo placer de construir algo ¿cuáles son los límites?
La libertad te obliga a preguntarte quién sos.
Hay que decir, también, que Burning Man es administrado por Black Rock
LLC.
En otros términos, la dueña de la fiesta es una compañía que pretende
ser rentable. No son monjes budistas ni hippies de San Marcos Sierra.
Esa empresa es responsable de proteger el espíritu de lo que sucede en
la fiesta, pero también debe tomar decisiones comerciales por las que ha
sido criticada muchas veces.
Adentro de este universo paralelo,
todo funciona... por ahora. Porque siempre está el peligro de que la
fiesta se comercialice demasiado, que los organizadores se vuelvan
codiciosos, que el exceso de asistentes termine por desnaturalizar el
espíritu comunitario. No hay garantías.
El
arte es uno de los protagonistas del festival. Es muy interesante
encontrarse con esculturas e instalaciones en este contexto. Hay cientos
de obras, muchas de ellas subsidiadas por la Black Rock Arts
Foundation. En ese desierto infinito, las piezas se vuelven más
cercanas. Las obras están ahí para ser tocadas. Mi hija se hizo experta
trepadora de artefactos extraños. Es lo contrario de lo que sucede en el
ambiente claustrofóbico de los museos, donde un guardia y una soga son
la zanja que nos separa de la obra intocable, sin contexto, incrustada
sin más en nuestro presente.
Lo que pasa con los aparatos pasa
también con la gente. Uno puede hablar con quien quiera. Todos te
responden, todos tienen tiempo y están de buen ánimo. Y, como ya lo
mencioné, se ven muchas minas en tetas. Eso también suma alegría, pero
hay un límite: las tetas no están ahí para ser tocadas. No sin
consentimiento.
La
última noche quemamos todo. El ritual comenzó con la danza frenética de
ochocientos bailarines con antorchas acompañados por cuatrocientos
percusionistas. Después hubo fuegos artificiales; y después se incendió,
como todos los años, la figura de unos treinta metros de alto de un
hombre, ubicada en el centro exacto de la ciudad. Finalmente, ardieron
los templos y las esculturas.
Fue la culminación de la catarsis.
Al día siguiente emprendimos la retirada, más livianos, más felices. Transformados.
Fuerte: http://editorialorsai.com/revista/post/n2_burning_man