LA VOZ DEL PUEBLO ES LA VOZ DE DIOS
Tras
la contundente manifestación de anteayer, no pocos "bienpensantes" de
distinto color político, coincidieron en insistir que el gobierno debe
escuchar las demandas de ese colectivo heterogéneo que clamó por
"libertad", rechazó la re-reelección y exigió centralmente contener la
inflación y la inseguridad.
Es
obvio que los dirigentes políticos deben escuchar a sus ciudadanos, lo
cual suele expresarse en la sentencia latina "vox populi, vox dei". Pero
para cumplir con esa máxima, hay que determinar primero si "el pueblo"
son los miles de personas que se manifestaron contra el gobierno en las
calles o los que se incluyen en los 12 millones que votaron por la
reelección de Cristina Fernández. ¿Dónde está el pueblo? Porque tampoco
es correcto suponer que la multitud, que tiene obviamente un valor
político como emergente de un sector, mide más precisamente la
legitimidad que una elección.
Si
complicado es determinar dónde está "el pueblo", más aún es definir
políticas que contengan a todos. El kirchnerismo morigeró algunas de las
contradicciones más descarnadas del capitalismo, pero hay otras que
resultan insalvables por naturaleza. O se protege a los sectores más
frágiles, o se favorece un proyecto que apunte hacia arriba.
La
decisión de sostener un mercado interno generoso beneficia tanto a la
base de la pirámide social como a los sectores medios. Pero los planes
sociales son rechazados por buena parte de la clase media. Si abandonara
esas políticas, el gobierno perdería su razón de ser y los que
marcharían para cuestionarlo serían otros. Aplicar las medidas que
difusamente expresan los caceroleros, implicaría definir un modelo de
país antitético, al que sostiene el kirchnerismo desde hace nueve años.
No habría Dios que justifique una estafa semejante.
LA INFLACIÓN. Los
caceroleros culpan al gobierno del alza de los precios, de negar el
flagelo y de truchar la medición. En realidad, las remarcaciones las
producen los formadores de precios, ya que el Estado ha contenido hasta
lo imposible las tarifas de los servicios públicos y los combustibles. Y
si la presidenta no habla de inflación, no es porque la niegue, sino
porque no quiere alentarla.
Erróneamente,
el gobierno se embarcó en una intervención de la medición del Indec de
la cual nunca salió. Se lo puede acusar de no transparentar la
estadística, pero no de ser responsable de la inflación, ya que es
víctima de ella. Aleatoriamente, Cristina Fernández ha señalado que el
gobierno no tiene una meta antiinflacionaria, sino de crecimiento. Entre
actualizar permanentemente los salarios en paritarias o frenar el
desarrollo con ajuste, eligió la primera opción. Se trata de una
política opuesta a la que proponen los economistas ortodoxos, a los
cuales prefieren los caceroleros. No es que el gobierno sea sordo al
tañido de las cacerolas, sino que prioriza el salario y el consumo.
Si
para contener la delincuencia los opositores proponen la mano dura,
para frenar el alza de precios, la mayoría parece inclinarse por la mano
invisible del mercado. Porque resulta francamente inverosímil que estos
adalides de las libertades estén dispuestos a bancar una política de
precios máximos con aplicación de la Ley de Abastecimiento.
Aunque muchos de ellos resultarían el pato de la boda, la mayoría de los caceroleros parece demandar entonces un ajuste fiscal que recorte la inversión pública, el crecimiento, el empleo, el salario y el consumo popular con el objetivo de frenar la inflación. Precios máximos o monetarismo y ajuste, son dos opciones a la política actual. No hay otras recetas alternativas a la actual. Como en otras cuestiones, no es que el gobierno no escuche, sino que piensa distinto. Por otra parte, la inflación no fue impedimento para que Cristina fuera reelecta.
Aunque muchos de ellos resultarían el pato de la boda, la mayoría de los caceroleros parece demandar entonces un ajuste fiscal que recorte la inversión pública, el crecimiento, el empleo, el salario y el consumo popular con el objetivo de frenar la inflación. Precios máximos o monetarismo y ajuste, son dos opciones a la política actual. No hay otras recetas alternativas a la actual. Como en otras cuestiones, no es que el gobierno no escuche, sino que piensa distinto. Por otra parte, la inflación no fue impedimento para que Cristina fuera reelecta.
LA INSEGURIDAD. Los
manifestantes exigen terminar con la inseguridad y afirman que al
gobierno no le importa que los delincuentes maten a mansalva. ¿Suponen
que la inseguridad real –exagerada por los medios– le concede algún
rédito político al gobierno y por eso "no hace nada"?
En
el fondo de la demanda, está obviamente la propuesta de mano dura.
Cuando piden "hacer algo" están diciendo "mano dura". Para el gobierno,
la elevada delincuencia de las últimas décadas es un producto de la
exclusión social masiva producida en los '90, que no se cura comiéndose
al caníbal, sino con puestos de trabajo, educación, una justicia que
funcione aceitadamente y policías honestas. En las dos primeras premisas
ha habido avances claros, en la tercera y en la cuarta no. La justicia
no actúa con celeridad y ejemplaridad. Y permanentemente estallan
situaciones en la Federal y en las policías provinciales que revelan que
la polícía no es solución, sino parte del problema.
El
gobierno sabe obviamente que la seguridad es una de las principales
preocupaciones populares, pero descree de una solución a balazos. Intuye
que un piedra libre para el gatillo fácil generaría más inseguridad y
muertes inocentes, especialmente entre los hijos de los hogares más
pobres. A su juicio, el camino para reducir la delincuencia es el
crecimiento, el empleo, la inclusión social y la educación. Y aunque no
pueda admitirlo públicamente porque ello generaría más inseguridad, ese
camino demanda décadas porque apuesta a futuras generaciones.
LIBERTAD Y DIKTADURA. El
reclamo más incongruente de cuantos realizaron los caceroleros es el de
la "libertad", contra la "diktadura" y de mayor calidad instucional,
mientras alentaban paralelamente ciertas consignas de tufillo
antidemocrático como "que se vaya". ¿De qué libertad hablan quienes se
manifestaron sin ser molestados mientras los medios constataban la
libertad de prensa?
En realidad, no pocos caceroleros pertenecen a un sector social al cual siempre se le facilitaron operaciones especulativas. La única libertad claramente conculcada en la Argentina es hoy la de atesorar dólares. El gobierno les niega ahora divisas porque las necesita para pagar una deuda que no contrajo y para sostener la importación de insumos para la industria. De un lado están los que reclaman librecambio y del otro los que quieren que se vuelvan a cerrar industrias y a perder empleo.
En realidad, no pocos caceroleros pertenecen a un sector social al cual siempre se le facilitaron operaciones especulativas. La única libertad claramente conculcada en la Argentina es hoy la de atesorar dólares. El gobierno les niega ahora divisas porque las necesita para pagar una deuda que no contrajo y para sostener la importación de insumos para la industria. De un lado están los que reclaman librecambio y del otro los que quieren que se vuelvan a cerrar industrias y a perder empleo.
La
libertad de cambio que exigen implicaría una megadevaluación de impacto
regresivo sobre los ingresos fijos y un retorno a los mercados de
capital a los cuales la Argentina sólo ingresaría con intereses onerosos
por efecto del default. Para constatarlo, está la Fragata Libertad
retenida en Tema, por lo cual los caceroleros también culpan a Cristina.
En
la Argentina hay libertad de mercado, aunque las posiciones dominantes
ya no tienen piedra libre. Algunas pancartas reclamaban que "no quiero
que me persigan", cuando en realidad los "perseguidos" son evasores de
impuestos. No los corren para matarlos sino para que paguen. Si la
libertad es el imperio de la economía sobre la política, es cierto que
está afectada, porque el kirchnerismo repuso el valor de la política
sobre el mercado.
En
cambio, es más congruente la demanda de inmovilismo constitucional.
Pese a que no tuvieron ningún problema en abrirle la puerta a Menem, los
conservadores fueron históricamente antirreformistas. Mucho más ahora,
cuando las encuestas predicen que, a despecho de las multitudes que la
apostrofan, Cristina Fernández volvería a ganar una elección si el
Congreso la habilitara. Es comprensible que no quieran vérselas de nuevo
con semejante candidata.
Fuente texto: diario Tiempo Argentino.





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